domingo, 2 de mayo de 2010

El más profundo halago

El más profundo halago
¿Estarás conmigo al 100 por 100?
- no sé.
-Pues déjame soñar solo mi drama y cuando quieras algo trascendente en la cama… me llamas“
Javier Ibarra.

Al fin estábamos en el Goya, un hotel muy desvencijado. El lugar es muy famoso porque es de esos que alquilan habitaciones baratas carcomidas por el tiempo y el uso. Todo en ese momento se volvió de ensueño. Al detenerme al pie de su fachada tuve la impresión de que le lugar iba a inspirarme buenas historias. Es seguro que cualquier hotel reserva relatos afrodisiacos, pensé. El caso es que supuse que por sí mismo, el sitio resguardaba para mí, una nueva anécdota candente entre sus agrietados muros.
Adriana y yo ya nos conocíamos desde hacía tiempo. Sin embargo, era la primera vez que nos aventurábamos en esos asuntos del cuerpo.
Al dejar a un lado mis delirios y adentrarnos en una habitación, me quité de inmediato los zapatos y comencé a notar que el piso estaba firme y cálido. Mis pies lo sentían de sobemanera. Aún así comencé a tiritar un poco. Cuando me senté en la cama y observé cómo desfilaba ella frente a mí, la seguridad que me quedaba comenzó a vacilar. En momentos así no puedo evitar ponerme nervioso. Aunque la situación se encuentre totalmente a mi favor, los nervios siempre me dominan.
Antes de pensar siquiera en arrepentirme, ella se sentó a mi lado, me miró y con una sonrisa condescendiente sugirió que me acercase hacia su regazo. Así fue como empecé a desnudarla.
Así pues, me tranquilicé al entender que no tenía labor mayor salvo despojarla de todo cuanto llevaba encima. Sin demorar demasiado quitándole las prendas, inicié acariciándola tramo por tramo. Durante todo el tiempo, cada centímetro de su piel lo inspeccioné con magistral tacto. Para ser honesto, estaba hecho un absoluto manojo de nervios pero aún así decidí seguir firme en la labor. Al poco rato el ambiente se hizo denso y ligeramente sofocante por el vapor de los cuerpos. Entonces yo empecé a desvariar. En mis adentros trataba de comprender el por qué siempre pasaba lo mismo. En circunstancias como esa, siempre comenzaba a delirar ante el aroma que normalmente despiden los menudos cuerpecitos que me gustan; tanto como el que estaba soldado a mí en ese instante. Estaba absorto en esos efluvios intensos. Quedé un poco pasmado por esa fragancia a momentos suave y a momentos espesa.

Depués de recobrar la cordura, me dediqué a frotar con apaciguada dedicación sus lisas mejillas, su tersa frente y su linda nariz. Luego descendí hasta su excelsa barbilla. Ahí me aparqué unos minutos. Poco más tarde caí en la cuenta que ella tenía una leve cicatriz en esa zona de su casi pulcro cuerpo. Entonces me detuve y la miré largo rato. Era casi inapreciable. Eso me animó a grados exorbitantes. A pesar de que ella era muy atractiva, esa cicatriz me hizo pensar lo real que ella se proyectaba para mí en ese instante. Con esa marca en su piel la sabía conmovedoramente imprecisa, excitantemente imperfecta; normal, común, ensoñadoramente común.
De tal forma, proseguí otro rato hasta que sólo la miré a los ojos e instintivamente me exalté. Después de un rato de buen manoseo confirmé por su mirada lo que yo ya suponía que sucedería. Sus ojos entreabiertos reflejaban su estado en ese momento. Se encontraba abandonada al más vertiginoso placer. Su conciencia se desleía en cada gesto involuntario, en cada jadeo suprimido a medias. Confirmé que se había perdido en bruscos y espontáneos movimientos lejos de su control. Yo sabía que ya estaba sumergida en ese placer tan clandestino para mi percepción. Ese goce tan privado y tan apartado de la comprensión de cualquier hombre.

Ante su esperada reacción decidí aprovechar el instante y así fundirme a ella con mayor ímpetu. Mi cuerpo degustaba, paladeaba el suyo con exacerbada devoción. Estrujaba intermitentemente sus firmes tetas, su alzado y rígido culo. Inspeccionaba escrupulosamente cada parte de su simetría. Minutos más tarde, decidí remacharme con mayor esmero. Luego, con su voz tenue me incitaba a atornillarme de manera abrupta a ratos y luego a sumirme de modo relajado en otros. Estaba contento porque ella también contribuía.
A ratos le gustaba arañar mi cuerpo, en otros tomaba entre sus manos con la presión inconcebiblemente correcta mi verga. La meneaba con destreza, como si “la sintiera”. Como si fuese parte de su propio cuerpo. Momentos después opté por descender el rostro sudoroso y adentrarme en las espesuras de su pelvis. En esa región casi impenetrable logré laboriosamente hundir mi lengua. Entre suaves malabares cobré conciencia de su sabor. Me dio la impresión de ser tenuemente alcalino, ligeramente salado. Proseguí perseverando aún más. Sorbiendo y sorbiendo sin pausas. La sentí oprimir con sus fortachones muslos mi cabeza. Sentí cómo su cuerpo luchaba aguerridamente por enroscarse en el mío. La sentí vibrar sin tapujos, sin control, sin dirección. Ahí estaba yo con los labios, los dedos y la lengua laborando en la región más remota de su ser. Brindando y brindándome. Brindándonos mutuo regocijo.

Gocé sus labios frondosos, sus ojos impenetrables, su cuerpo angosto. Su delgadez, su menuda simetría causaba en mí un intenso revuelo. Sólo una esbelta encarnación como esa había logrado sumergirme en el goce más agudo durante un momento así.
Al cabo de un rato, pensé ingenuamente que quizá ella tal vez podía ser mi perpetua compañía en los extravíos del éxtasis. Cedí un poco ante una efervescencia por besarla y para ser franco, también por una lengua momentáneamente agotada. Mi lengua estaba acalambrada, abatida en un asalto, pero no del todo en la contienda.

Después de tanto ajetreo me elevé con la cara embadurnada de sudor y otras cosas y la miré de nuevo. No pude contenerme y por instinto le susurré algo al oído. Ella sabía que yo lo pensaba desde que nos conocimos pero a ciencia cierta no sabía cuando se lo soltaría. De alguna forma, yo quería que de su entrecortada voz brotara lo que yo iba a decirle. En un momento de debilidad se lo sugerí casi en un suspiro. Dime que sólo estarás conmigo, le musité al oído. Acto seguido ella se mantuvo sumida en su intimidad. Pasó un largo rato pero de pronto, inadvertidamente cobró aliento y me dijo: eres muy esmerado y listo Ale pero no puedo. Toda mi vida he fingido, mencionó a bocajarro. Debo confesarte que he disfrutado con pocos imbéciles aunque estuviese involucrada con muchos antes. Así es esto de la cama. Todo se queda entre las sábanas, dijo. Le miré inexpresivo un instante y después volvió a hablar. Cuando me piden eso, sólo reciben puras mentiras, dijo, Cuando he dicho que seré exclusivamente de un solo hombre todo se torna una completa farsa, un verdadero fiasco, añadió. ¿Nunca has pensado en permanecer con una sola persona?, le dije. Me miró risueña y dijo: Si, pero nunca me atreveré. Los hombres comunes son un asco. Sólo me gusta enredarme con ellos una sola ocasión. Aún así, por una extraña razón quiero sugerirte en este momento que sigamos y que además nos veamos ocasionalmente. Después de haberme dicho eso se sumergió en una seriedad inusitada. Sólo hoy no pienso mentirle a alguien en mi vida, dijo al final.
Así continuamos completamente enmudecidos.

Pasaron unos días y ahora tomo en la mesa una taza de café. Leo el diario como de costumbre. El encabezado dice que el índice delictivo va en aumento. Finalmente, me pongo la chaqueta, y salgo disparado al trabajo. Enseguida un amigo que casualmente cruza en mi camino me intercepta y me pregunta cómo me ha pintado la semana. Lo miro y sonrío inoportunamente en el momento. Me pregunta de un modo inquisidor cuál ha sido la razón de mi sonrisa. Le respondo risueñamente: no es nada, sólo he recordado un halago.

4 comentarios:

Nydia Pando. dijo...

Ni siquiera puedo expresar cuánto me gustó.
Estoy maravillada.

Nydia Pando. dijo...

¿Por qué crees que hay varios que se prestan a hacer comentarios sin finalidad productiva y ciertamente con fines ofensivos en mis entradas de blog?
Quisiera leerlo de ti.

Anónimo dijo...

Me gustó mucho :)

Verónica

Anónimo dijo...

Que bueno que te gustó Vero.