viernes, 11 de junio de 2010

(mene) arte (la) mental (mente)

" La única diferencia entre la vida y el arte
es que el arte es más sorpotable. "


Charles Bukowski

Éramos dos sujetos con actividades completamente miserables. Por mi parte, un ramplón office boy en una de esas empresas vulgares de crédito y por su parte un artísta, un escultor y escritor de renombre. Seguro; eramos unos auténticos miserables a la par. Tuvimos la suerte de habernos reencontrado a las afueras de una alcantarilla con mesas y sillas. Perdón, de un café que yo frecuentaba inusualmente y que porsupuesto él lo tomaba prestado de vez en vez para la presentación de sus más recientes "obras". Habían pasado casí tres lustros sin que supieramos que había ocurrido en tanto tiempo sobre la vida de ambos.
Luego de pimplarnos unas cuantas cervezas mi viejo conocido decidió proponerme continuar con esa charla que habíamos comenzado a entablar despues de concluir su maroma artística. Con un poco de eceptisimo terminé aceptando y nos dirijimos hacia su domicilio. Abordamos un taxi que se encaminó hacia una de esas colonias que se han convertido en los nichos de esas sarigüeyas "histriónicas". La cosa figuraba un tanto abrumadora. Durante el trayecto, comenzó su recuento pormenorizado sin dejar de expresar una sonrisa asquerosamente aperlada. Detalle a detalle iba relatándome sus peripecias, sus infortunios, su proezas. En fin, todo un compendio de ridiculeces contínuas que suelen experimentar sujetos de esa calaña y que profieren con discretos dejos de alarde a quien haya caido en la imprudente acción de prestarles un poco de atención. Su relato llegaba a mis oidos como toda una buena sinfonía intestinal.
Entre tanta farfullería insolente, decidí resistir el tremebundo atentado simplemente mirando los alrededores por la ventanilla del taxi. Durante todo el camino decídi tratar de apreciar ese repulsivo panorama que ofrecen esas viejas y prestigiadas colonias de la capital. Mientras mi antiguo camarada se mantenia ingenuamente apasionado en lo que realmente era un soliloquio, me dispuse a tratar de encontrarle el flanco amable y sereno al asunto. Desde luego que la vieja amistad no iba a prosperar en lo absoluto pero de algún modo tuve la pretensión de ser como lo he sido en escazas ocasiones: un hombre con modales.

Nos apeamos un par de cuadras antes de llegar a su domicilio. Teníamos que reabastecer la cebada. No contaba con cervezas en su casa así que acudimos a uno de esos minibodrios abiertos las 24 horas que ya tienen atestadas las calles de la ciudad. A veces incurrimos en un profundo dilema. Lo digo porque en ese momento, mientras cargaba con las bolsas que contenían los sixs, no supe distinguir si la animadversión que iba aumentando en mí era producida por la persona en sí o solo por el oficio que había decidido seguir. Al cabo de unos minutos me resuelto a lidiar de manera pacifica con la situación y proseguir con la vana tertulia. La charla no iba a ser fructuosa, eso lo tenía muy claro pero al menos me embriagaría por los viejos y lindos tiempos que me gustaría de sobremanera no poder recordar.

Ya frente a la fachada y tras haber girado el pomo de la puerta y hospitalariamente haberme invitado a traspasar el umbral de su morada, un sentimiento de horror invadió mi cuerpo. Entré trastabillando mientras mis narices captaban un olor; esa maldita esencia odorante que despiden numerosos libros apilados, empotrados en amplios anaqueles que abarcaban casi toda la estancia. Pensé con aflicción cuántos de esos libros sólo habían sido recorridos parcialmente por esa soberbia mirada. Ese tipo de mirada que delata la misma languidez intelectual con la que seguro escudriña las hojas y deseña al hombre promedio. Supuse cuántos de ellos habían sido sustraidos de diversos lares con la única intención de acumularlos para ser parte sólo del tapiz de un departamento completamente empobrecido por la "cultura". Un rescoldo cultural más. Apostaba lo que fuera a que el cretino no sabía quién era Ponty y quién Donoso a pesar de que dos obras de ellos se econtraban juntas en ese abandonado apilamiento. Pero en esta ciudad uno no puede dejar de suponer que las cosas pintarán peor. Entre breves atisbos ya no cabía duda que la atrocidad siempre se disimula con el decoro. Mejor aún, hoy en día el decoro y las sofisticación son los mejores eufemismos para lo repulsivo.

Proseguimos, trasegando cerveza y siguiendo con esa cháchara a la cual se atrevió a tachar cínicamente como la sinfonía de la palabra. Me hubiera gustado replicar al respecto haciéndole saber al cretino que en realidad lo que se escuchaba era una sonata flatulenta. Lo lamento, las borracheras patrocinadas tienen sus desventajas al obligarte ciertas restricciones. Todo cuanto miraba al rededor producía en mi interior la arcada más intensa que pude haber experimentado. Sentía estar imbuido en el esfinter más cochambroso de la creación. Su charla vacua iba continuando sin cortapizas mientras yo miraba al esqueleto de una bicicleta completamente contorsionado. No entendía lo que ese cacharro estaba haciendo ahí colocado. Me lo mostró minutos después haciéndolo entender como una pieza conceptual . Al asimilar tan deliberadada declaración supe que prácticamente mi viejo amigo había perdido la razón cardinal. Afirmé que hoy en día toda diarrea onírica es cotizable.

Logré suspender por un momento tan abrumadora conversación y me colé en el baño. Trataba de desembotar mi cabeza de tanta abominación reflexiva. Pensé que esos cretinos con esa pinta general de hoy en día, compuesta por sacos de pana y espejuelos con montura de pasta habían disminuido. Sus distintas especialidades académicas en el extranjero no lo habían salvado de ser un completo alcornoque. Seguro este soquete lleva todos los días el periódico por debajo de la axila y café amargo en mano como única compañia constante. Mi pobre amigo ni con una lobotomía volvería a ser un hombre racional. Faltaba el primer y único arte. Lo mejor.

En el baño, sobre el lavabo estaban unos repugnantes lentes ray- bam estilo ochentas. Por cierto carísimos. Seguro que los usa cuando acude a esos toquines digitales-análogos que tanto han sido atractivos para esos "vanguarditas". ¿Quién les había sugerido el regreso de algunos retazos de esa época estrafalaria y putona? ¿Quién les hizo suponer que demandábamos versiones descafeinadas de la moda setentera y ochentera? Todos últimamente se están volviendo más invertidos. Los mozalvetes de Warhol pululan. Aquellos que siguen suponiendo que las latas de leche campbells son arte, seguro terminaron completamente desternillados. Los palurdos que adoran el surrealismo, la concepción indeterminada de uno de esos lunáticos como ese pintor pelmazo que promovía el sacrificio de animales por placer, se enrolan en ese trip nefando por montones. Claro, hoy en día es más sencillo y mejor visto ser adepto al desorden, al aparente albedrío, " a lo indefinible" y a ser fiel participe del azar que tratar de encontrar ese trasfondo coherente y completamente relacionado en la complejidad del mundo actual. Menuda tergiversación intelectual al tratar de encontrar un orden en el caos. Qué sencillo es adscribirte a ese quehacer todo con tal de la evasión reflexiva propia.
Después de un rato contemplándo me en el espejo, lavé mi rostro con un poco de agua, me enjugue con una toalla que habia en el baño, regresé a la estancia y decidí ante un súbito sentimiento de condescendencia comenzar a escucharlo. Mala idea. Continuó contando su ascensión al mundo de las artes. Relató lo difícil que es encontrar "la inspiración". Me imaginaba que tan difícil sería acudiendo constantemente a esos eventos; recalando en esas cenas portentosas con esas compañias charlatanezcas, empleos cómodos, fiestas de buen talante con grandes consumisiones etílicas de alto costo, rapidamente solventadas por una billetera perpetuamente abultada. Todo proveniente por supuesto de una vida precedentemente opulenta y penosamente disimulada. Vaya que con tantas preocupaciones como esas la inspiración se demora en llegar tormentosamente.

Me hablaba de lo duro que es la vida. Claro, él entre abscenta y yo entre tonayan. Él pensando en los atascos viales y yo en la odisea que es ir en el metro atestado a las 7 am con advertencia en el trabajo de inmediata despedida por un retardo más. Yo robándome los libros en los remates y él solicitando montones al extrangero costeádolos sin problemas. Yo con una mesa de discusión conformada con Aron el mecánico, Juan el vende artesanías, Carlitos alcohólico de tiempo completo, Fany la puta-edecán de vinos y Abraham el taxista. Por supuesto él contando con amigos con posgrados en la Ibero, en universidades españolas, en institutos de renombre. Si, seguro, mesas de discusión parejas por las comitivas " capacitadas " para las disertaciones enceguecedoras. También hablaba de la labor gladiadora para dirigir una editorial. Seguramente conformada por sus antiguos compañeros del liceo Francés dispuestos a "renovar" el mundo literario. Los alcornoques apenas se insuflan la cabeza con un poco de literatura europea y ya pretenden darle un calambre al mundo literario. Me hablaba de emancipación. Diantres, él pensando que emancipación era vivir en un depa solo pero completamente costeado por su padre y uno pensando en la inanición intelectual que viene arrastrando y que por supuesto no pretende mantener inamovible. Lo mejor seguía haciendo falta.

Busque incesantemente la manera de hacerle comprender que todo cuanto miraba, todo cuanto expresaba, todo cuanto manifestaba por medio de esa "visión autentica" de las cosas tenía un remitente, un código postal, un paradero, un orígen. Mucho peor, una razón de profundo calado para que las cosas permanezcan así. Quería mascullarle que no hay nada de originalidasd en su perspectiva, nada de inovación, que todo viene siendo una costante emulación, una perpetua repetición que siempre se hace ver como nueva de ese imaginario. Quería exclamar que las cosas no tomarían otra forma. Ocurriría todo lo contrario, reforzando las que prevalecen. Deseaba externarle que aunque se largara a Barcelona, a Nueva York, a Londres o a cualquier lupanar como esos, todo seguiría manteniendose así, avalado por ese fantasioso ideario sobre "SU ARTE", ese que respondía a la aprobación de solo unos cuantos lerdos. No pude.

Creo que en ningún momento de la noche me cuestionó algo relacionado con lo que yo hacía actualmente. En realidad, solo bastaba mirar el uniforme que aún tenía puesto para comprender que una pregunta escapada en ese tenor sería impertinente. Fue mejor así. De lo contrario le hubiera ocasionado una depresión real.

En fin. Todo concluyó con un cálido abrazo. Las chelas escasearon de pronto y no quedaba más que una atenta despedida. Me miró con un aire arrogante y conmiserador deseándome suerte. Me puse frente a el, lo miré atentamente y le dije que yo le deseaba no la suerte sino lo mejor. Jocosamente me respondió que ya lo tenía, que eso no hacía falta. Esbocé entonces una sonrisa a medias y me despedí con la promesa de volvernos a encontrar para otra " fructifera" charla.

Salí completamente aliviado. Decidí emprender el retorno a casa. Miraba la hora en el movil. Le dije que no tenía telefono, Fue estupendo hacérselo saber de esa forma. El resto del camino seguí con lo principal. En realidad espero que deje esos meneos de cabeza. Seguí pensando. Espero que algún día lo haga. Ya se la había deseado al final.

1 comentario:

Nydia Pando. dijo...

¿Tienes una red social más personal?
Siento casi como si te estuviera ofendiendo al escribirte aquí mis conclusiones sobre textos sin relación directa a lo aquí escrito.