martes, 20 de noviembre de 2012

La mente más brillante de mi generación.

Lo conocía desde los quince. Hacía un par de años que no sabía nada de él. Le pedí a mi amigo Arturo que me acompañara a visitarlo. Daniel, mi amigo, el que tenía 160 puntos de cociente intelectual. Recordaba que resolvía problemas matemáticos complejos, memorizaba párrafos enteros, hacía chistes sofisticados. Vivía a tres manzanas de la mía. Le caímos al llegar la noche. Toqué a su puerta. En menos de un minuto abrió y nos dejó pasar mientras él iba al baño.
Recorrí la cortina de la entrada y una brisa de aire caliente salió disparada. Di unas zancadillas entre las revistas esparcidas sobre el suelo, buscando dónde sentarme. Apenas me recargué en el borde del posabrazos del sillón grande y destartalado. A lo largo del respaldo había muchas cajas con series animadas japonesas. Arturo se tumbó de lleno en el sillón individual sin apartar los cojines roídos. Había montones de tarjetas de Yu Gi Oh por todos los rincones. La carcasa de la computadora había adquirido un tono amarillento. El minicomponente viejo estaba cubierto por pequeñas costras de fruta reseca. La película de polvo de la mesita del centro se había mezclado con grasas de comida y ceniza de tabaco, formando pequeños montículos de sarro. El olor a comida descompuesta se combinaba con el de la montaña de ropa sucia sobre la cama.
—¿Adonde fue el gordo? —preguntó Arturo evitando respirar hondo.
—Dijo que al baño —barajé un montoncito de tarjetas.
Cuando Daniel entró, escuché unos débiles chillidos que provenían de la montaña de ropa.
—Es una rata —respondió Daniel sonriendo y apartó del sillón a Arturo—. No se preocupen. Esa es nueva, pero se va a ir pronto.
Arturo cogió por los hombros una playera de algodón percudida, simulando probársela y preguntó: «¿Cómo sabes, gordo?»
Daniel nos mostró un cedé que puso en la computadora enseguida y dijo con una voz nasal bastante ridícula: «No se preocupen. Tengo el remedio eficaz.»
Al instante unos sonidos muy agudos comenzaron a emitirse desde las bocinas voladas.
—Quita esa pendejada, Daniel —dije cubriendo mis oídos con los dedos.
—Aguanta. Te produce un poco de migraña pero las ratas se largan de volada.
Arturo se levantó y presionó el botón de expulsar en la unidad de cedé.
— ¿Cómo has estado, Daniel? —intenté coger otro montón de tarjetas.
—¡Bien, pero no toques eso! ¡Me la pasé muchos días organizando mi estrategia perfecta con esos decks!
Arturo hizo un gesto angustioso. Le pregunté a Daniel sobre lo que hacía en la computadora.
—Estoy chateando con mi chica.
—¿Ah, sí? ¿Y de dónde es?
—De Sudamérica.
—Es una relación difícil.
—Lo sé.
—¿Y lo de la otra ventanilla?
—Ah, eso. Se llaman loquendos. Es como una ficha bibliográfica del monstruo de cada tarjeta. Después de escribir cada detalle le agrego una voz virtual y lo subo a youtube. Aún no soy bueno para hacer reseñas, pero creo que voy mejorando.
—Daniel, tienes treinta y dos años. ¿No se te hace que ya estás muy grande para esas cosas? —expresó Arturo sin soltar una revista de trucos para videojuegos que había cogido del suelo.
—Tú no entiendes de estas cosas —contestó Daniel sonriendo—. Esto es considerado como material didáctico hasta en las universidades. Lo han certificado.
—Pero si tú ni siquiera acabaste la prepa —respondió Arturo.
—La escuela no explotaba mi verdadero potencial —Daniel cogió un pan de encima del CPU que se veía bastante correoso y le dio una mordida—. Aparte, me he vuelto un poco hábil en las computadoras. Esto de la tecnología es más sorprendente de lo que yo suponía.
—Pero si tienes una computadora de hace diez años, Daniel. No creo que te sirva de mucho en estos días —añadió Arturo sin dejar hojear revistas—. Deberías salir un poco.
—¿Para qué salgo? ¿Qué hay allá afuera? Me aburro —Daniel limpió con su camisa un disco manchado con pasta de dientes—. Aquí tengo todo lo que necesito.
—Hasta las plantas necesitan sol de vez en cuando —dijo Arturo.
—Bueno ya —intervine—. ¿Y ahora dónde estás trabajando, dani?
—En un Walmart. Tengo el horario nocturno —Daniel se pasó los dedos por su cabellera sebosa sin dejar de dibujar una sonrisa. Un puñado de caspa cayó sobre su hombro.
—Te vas a acabar muy pronto —le dije intentando ignorar los chillidos cerca de la cama.
—Me pagan un poco más en las noches. Con eso me alcanza para pagar el internet.
—Sí, pero tú eres el que va a pagar más a la larga —Arturo encogió las piernas por algo que había visto cruzar el suelo.
—Pues ya veremos —Daniel sacudió los restos de pan sobre su regazo, sonriendo.
Examiné el cuarto con mayor atención. Las láminas del techo tenían muchas cuarteaduras y los polines ya estaban muy apolillados. Las telarañas que colgaban eran como viejas serpentinas. Una especie de lama que descendía a partir de los huecos en las láminas cubría la mitad de los muros.
Recogí algunas revistas del suelo y las apilé junto al sillón. Arturo se envolvió las manos con las mangas de su chamarra y llevó la ropa de la cama a una tina metálica en el patio.
—Los genios también tienden su cama —le dije a Daniel echando las cenizas de tabaco en un frasco vacío de Gerber.
—Necesito que vengas un día de estos, don ale —Daniel intentaba desatascar una tecla con un mondadientes—. También eres bueno para los juegos. Quiero retarte para confirmar si mi nivel ha disminuido.
—Sí, dani —hice a un lado del sillón una sábana con una mancha amarilla.
Arturo dijo que iba a al baño y en menos de un minuto regresó con el rostro pálido.
—Mejor hago en mi casa —externó intentando soplar los restos de aserrín húmedo sobre una caja que contenía un árbol de navidad estropeado.
—No se le vaya a olvidar, caballero —rió Daniel con la voz nasal del principio—. Sirve que de paso le corro una nueva serie animada que está buenísima. Trata sobre…
—Está bien, dani. Luego vengo —metí el último par de zapatos debajo de la cama.
Daniel apagó solamente el monitor de la computadora y dijo:
—Bueno, ya me voy a dormir un rato. Hoy entro a la media noche y salgo a las nueve y media.
—Nos vemos después —dije al tiempo que Arturo salía corriendo con el antebrazo sobre la nariz.
—Me saludan a los demás ―Daniel permaneció en el sillón individual.
—Sí —grité antes de cerrar la puerta de su entrada grafiteada.
—¿Por qué habrá acabado tan mal el gordo? —Arturo enfiló hacia la tienda de abarrotes.
—Su papá murió de diabetes hace un año. Acaba de enterarse que la más morrita de sus hermanas está embarazada. La ruca que le gusta lo rechazó. Su mamá sigue trabajando en uno de esos Vips asquerosos.
—Vamos a la esquina. Nada más voy a comprar jamón y queso.
—Te acompaño. De ahí me voy a mi casa.
Antes de pedir en la tienda, Arturo se plantó en el puesto ambulante de carnitas y pidió seis tacos de tripa. El aceite recalentado y el olor de las vísceras aún crudas hizo que pensara en el cuarto que acabábamos de escombrar.
—¿Oye, vas a ir este sábado con nosotros? —Arturo se limpió las manos con varios trozos de papel estraza.
—¿Adónde? —recibí el jamón y el queso a través de la reja de la vinatería.
—Edgar dijo que a lo mejor nos lanzábamos a Garibaldi. No seas puto. Vamos.
—A lo mejor. De todas formas pasas a mi casa a buscarme antes de que se vayan.
—Va.
El tendero tenía sintonizado un programa de chistes en la televisión. De pronto se escucharon unas risas grabadas. De camino a mi casa imaginé que las risas de Daniel también habían sido grabadas

1 comentario:

Nydia Pando. dijo...

Así son los amigos que siempre te imaginé...


ficticios.


:)